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Desde la carretera

Posted by on domingo, 9 enero, 2011

Mientras las líneas de la carretera se desplazan velozmente hacia mí, la vista se recrea con la maravillosa variedad de paisajes que adornan el recorrido de mi viaje. Extensos valles abiertos, secos, áridos, dan paso a verdes praderas que anuncian la llegada de la alta montaña. Pronto veré los altos picos de ésta cadena montañosa cubiertos de nieve.

Mi cuerpo actúa automáticamente, con las manos aferradas al volante y la mirada siguiendo el serpentear de la calzada. Sin embargo, mi mente se encuentra viajando en otra dimensión. Es un viaje emocional, en el que las imágenes son tan reales como los paisajes que me rodean.

Y es que, todo lo que mis ojos ven se transforman en mi mente en sentimientos. En ello también participan mis oídos, que transforman la música que he elegido para éste viaje, en la banda sonora que acompaña a los recuerdos que habitan en mi memoria.

El perfil montañoso trasforma mi visión, evocando la silueta de tu cuerpo en las ondulaciones del terreno. Igual que ahora debo ascenderlo, te imagino a ti tumbada ante mi, de lado, donde tus caderas marcan las elevaciones del monte que deseo explorar y recorrer, y donde mis manos recorren la superficie de tu piel como si existiera otra carretera invisible que las guiara.

La música que oigo me habla de momentos cálidos, de olor a vainilla, de conversaciones a la luz de las velas, de primeros besos y caricias. Se me acelera el pulso, por la intensidad del deseo que expresan mis recuerdos y mi presente anhelo de estar junto a ti.

La nieve que ahora veo en las montañas, me hacen añorar los juegos y travesuras de mis dos pequeñas. Sonrío, mientras recuerdo sus caritas alegres mientras hacíamos muñecos de nieve, nos deslizábamos con el trineo, o nos lanzábamos bolas de nieve unos a otros. Es curiosa la felicidad que pueden aportarte y con las cosas más triviales.

Todo ello, la evocación de tu cuerpo, los momentos junto a ti, y junto a nuestras hijas, hacen de mis viajes una carrera en la que deseo acortar las distancias que nos separan. Por muchos kilómetros que tenga que recorrer, sé que volveremos a estar juntos para seguir sumando vivencias que aumenten mis emociones.

Mientras tanto, de alguna manera, sé que en la fría cabina de éste camión no viajo solo. Mi mente siempre me traerá emociones, imágenes y sonidos que llenan todo el habitáculo y calientan mi corazón. Desde el tacto de tu mano sobre la mía, hasta las risas de las niñas. Todo es posible. Todo es real. Así lo siente mi corazón.

¡Hasta pronto, amor!

¿Imaginaciones?

Posted by on sábado, 2 octubre, 2010

Observarte es quedar atrapado,

hechizos que vienen de tu cuerpo,

contorno de tu piel en movimiento,

olor de tu fragancia.

Despiertas el deseo,

ansias de tu sabor

en húmedos labios

que desatan la excitación de los sentidos.

Tu mirada me interroga,

gestos de curiosidad,

sonrisa morbosa,

ojos que transmiten una invitación.

¿Real o imaginario?

Complicidad de inequívocas señales,

almas que hablan,

corazones que se abrazan,

gritos de amor

que se expresan en silencio.

Esclavo de tu pasión,

anhelo no imaginar en vano,

descubrir tu mensaje,

y acudir a tu llamada.

Hermanos

Posted by on viernes, 24 septiembre, 2010

En nuestro día a día nos relacionamos con muchas personas. Pero una de las convivencias más importantes que tenemos que afrontar son las que desarrollan dentro del ámbito familiar. En ésta ocasión quisiera referirme concretamente a la relación de hermanos.

Desde bien pequeños se empiezan a materializar las múltiples batallas para reclamar más atención que al otro, más reconocimiento, más cariño. Intentan conquistar terrenos sobre el otro, ganar en superioridad. Mostrarán egoísmo, celos. Incluso violencia, si fuera necesario, para que prevalezcan sus deseos, su autoridad.

Al fin y al cabo es un tema tan antiguo, como nuestra propia historia, pues para los que se consideren cristianos y creyentes en la Biblia, han de recordar lo que se cuenta en ella sobre los dos primeros hermanos que habitaron la Tierra, Caín y Abel, y el fatal desenlace al que se llegó.

Yo creo que muchas de éstas actitudes serán las que sigamos desarrollando en nuestra manera de relacionarnos con los demás en un futuro. De ahí que los padres tenemos cierta responsabilidad en enseñarles a encauzar de una manera apropiada ésos comportamientos, ya que a veces les excusamos justificando naturalidad e inocencia.

Por supuesto que en su infancia hay muchos sentimientos o formas de relacionarse con sus hermanos que no pueden, o no saben, controlar. Pero nosotros podemos indicarles pautas para que lo logren. Ésto no es nada fácil, por supuesto, pues alguno de ellos puede tomar nuestra intervención como muestra de parcialidad, o que tomamos partido por uno u otro, en detrimento del otro. Lo que para nosotros sea “justo” o “lógico”, pocas veces coincidirá con sus “intereses” o deseos.

Pero,desde mi manera de verlo, debemos intentarlo, pues conozco de hermanos que ya bien mayores continúan demostrando un alto grado de celos o envidia entre ellos, derivados de sentimientos encontrados, tanto desde la infancia, como más adelante. Seguro que muchos de nosotros hemos tenido algún problema, discusión o malentendido con algún hermano. Pero debemos de haber adquirido la suficiente madurez para separar y reconocer los verdaderos problemas, de las pequeñas rencillas heredadas de nuestra convivencia familiar.

Tal como intentamos resolver y evitar nuestros problemas con las personas que nos rodean, sean compañeros de trabajo, amigos, etc, ¿no deberíamos hacerlo con más ahínco con nuestros propios hermanos?.

Para finalizar, quisiera compartir con vosotros unas frases, unas reflexiónes:

«El vínculo que une a tu auténtica familia no es de sangre, sino de respeto y goce mutuo» Richard Bach

«El enseñar a los niños a querer a sus padres y hermanos y a ser respetuosos con sus superiores, hecha los cimientos de correctas actitudes mentales y morales para llegar a ser buenos ciudadanos» Confucio

El tiempo pasa. ¡Actúa!

Posted by on viernes, 17 septiembre, 2010

Observo el horizonte, pero sin verlo. La mirada y el pensamiento perdidos por la senda invisible de la duda, la angustia, la desazón. De pronto, parpadeo repetidamente, como si despertara de algún sueño, y me sorprende mi estado ausente. Tomo conciencia, ahora sí, de mí mismo, de dónde estoy.

Y es que mi anterior estado meditativo me impedía incluso observar conscientemente lo que me rodeaba. Paso la mano por la pedregosa tierra donde estoy sentado, y por las hierbas y plantas que casi me camuflan en el paisaje. Es como si quisiera captar, por medio del tacto, algún misterioso mensaje que quisiera transmitirme la Naturaleza. Así me parece sentirlo. O tal vez, venga desde mi propio interior. No lo sé. Pero algo está deseando “manifestarse”.

Miro al frente, al infinito cielo que se abre ante mí. Los minutos pasan. Los colores cambian. Las tonalidades que van adquiriendo las nubes que observo recrean una singular paleta de colores de singular belleza. Cambian sus formas, su silueta. Se forman largos trazos de fino algodón.

La luz que antes dominaba el día, ahora se transforma en palidez naranja, rosa, según pasan los minutos. ¿Cuánto tiempo llevaré aquí?. La noche se acerca para quedarse y expandir su oscuridad sobre la faz de la Tierra. Las primeras estrellas ya brillan tímidamente en el firmamento.

Vuelvo a quedarme pensativo, pero ésta vez domino el hilo de mis reflexiones. No como estaba anteriormente, donde mis pensamientos fluctuaban, sin orden ni concierto. Pienso en el tiempo, en el transcurrir de los minutos, las horas, los días. Es algo activo, se mueve. Lo noto en todo aquello que observo y cómo ha ido cambiando, transformándose. Y lo comparo con mi posición observadora, estática. El contraste es evidente. Había visto cambios de color, de formas, de luz. Y yo seguía inmóvil.

Saltó a mi mente el mensaje. Tenía que moverme, actuar. La Naturaleza me lo mostraba, ¿cómo podía estar tan ciego?. Tenía que evolucionar, seguir adelante, transformar mis días en activo andar, no sólo en estática observación. El tiempo, los minutos, los días, seguirían su actividad, no se pararían a esperar que terminen mis reflexiones, mis dudas, mis miedos. ¿Y si ése tiempo me separa, me aparta de aquello que más quiero?.

Y es que ahora tomo conciencia de que el tiempo transcurre hacia adelante. No puedo desear que vuelva a empezar el atardecer que ahora se difumina ante mí. Comprendo lo cruel, y real, de la expresión “perder el tiempo”. Lo que no haya hecho o dicho hoy, no lo puedo recuperar. Podré decirlo “más adelante”, pero no será, quizá, en el instante o momento deseado. Puede que en ése tiempo transcurrido hasta que actúo hayan sucedido cosas, momentos o sucesos que modifiquen mi presente, mi futuro.

Me resuelvo a aprender a actuar, a moverme, mientras pienso. A no pararme en largos y profundos estados meditativos, de estática contemplación de mi realidad. Quisiera abandonar actitudes que frenan mi avance, mi evolución. Yo que tanto detesto la negatividad, el pesimismo, no puedo dejarme seducir por ellos y dejar que pasen mis días en inactividad física o emocional.

Todas éstas cosas las sé. Todos sabemos lo que es mejor para cada uno de nosotros. Y sabemos qué cosas nos hacen felices. Por éso, la mayor de las batallas es decidirse a actuar, a luchar, y a cambiar nuestro estado de ánimo, desde dentro de nosotros mismos.

En momentos así siempre pienso en personas que luchan, que no se rinden, metidos en peores y crueles batallas. Tengo en mi mente, por ejemplo, a Gloria (Uruguayita). Son personas que mantienen su risa, su optimismo, su ánimo. Y son ejemplo para mí, tanto que a veces odio mi actitud.

Por éso, me levanto resuelto de la observación que hacía de éste atardecer, y decidido a cambiar mi ánimo. Mientras tanto voy pensando en la mejor receta para hacerlo. Puede que necesite como ingredientes un poco de fé, esperanza, optimismo y buenas dosis de sonrisas. Y todo ello sazonado con paciencia e ilusión.

El tiempo pasa. Voy a actuar.

No será nada fácil. La teoría la sé. Lo complicado empieza ahora.

Será mi próxima batalla. ¿Lo conseguiré?

Continuará…………..

Gracias por acompañarme

P.D.: Foto de Alex Pardellas.

Inocencia ¿peligrosa?

Posted by on martes, 6 abril, 2010

Hace unos días nos encontrábamos con mi hija pequeña esperando la salida del colegio de su hermana. Es muy inquieta, así que no paraba de moverse entre las personas que allí estábamos. Las miraba, les sonreía, les decía «¡hola!», y se agarraba de la mano de alguna madre o abuela. Finalmente, una de aquellas abuelas dijo: «Ésta niña se vá con cualquiera. ¡Vaya peligro!».

No hice mucho caso al comentario, pensando que era algo anecdótico. Sin embargo, con el paso de los días han sido varias madres más las que lo han dicho, en términos parecidos, y ahora sí que me han hecho pensar o reflexionar, dada la repetitiva exclamación de alarma que expresan al ver la actitud abierta de mi hija hacia ellas, sobre todo la de darles la mano para caminar junto a ellas.

En primer lugar, vuelvo a comprobar que la gente se contradice muchísimo en sus comentarios. Unas veces les oyes decir que a su hijo, o nieto, no lo pueden dejar con nadie porque es demasiado inquieto, o porque se pone a llorar y extraña temerosamente mucho a la gente, etc, y éso les ocasiona problemas cuando les surge alguna circunstancia que les obliga a tener que dejarlo con algún familiar o amigo. Y, por otro lado, también ven como problema el que se vayan con naturalidad con otra persona, como en el caso de mi hija. ¿En qué quedamos? ¿Es un problema el que se quieran quedar con alguien o es un problema el no poderlos dejar? ¿?

Por otro lado, parece que sacamos las cosas de quicio sumando gravedad y peligro a todo aquello que tiene relación con nuestros hijos. Y no vivo ajeno a la realidad. Sé que en la actualidad los peligros y amenazas rodean  la integridad de nuestros hijos. Pero cada cosa tiene un tiempo y un momento. Además ellos también tienen que ejercitar su inocente facultad de aprendizaje y descubrimiento de cuanto les rodea. Me niego a tener que explicarles con 20 meses que tiene una, y 3 años la otra, el sentido de la maldad humana, y del peligro que pudiera provenir de sus congéneres. Ahora mismo, es responsabilidad de sus padres, su protección y cuidado. No veo que sea peligroso que ahora se vaya inocentemente a coger de la mano de nadie, porque yo, o su madre, estamos pendientes de con quién está o a dónde vá. Es NUESTRA RESPONSABILIDAD. Y la suya es la de investigar el mundo que las rodea. Yá llegarán los tiempos, dentro de algunos años más, cuando tengamos que explicarles otras «cualidades» humanas, y otras «caras» de la naturaleza humana. Además la vida misma les irá mostrando ésa otra realidad que no ven, ni deseo que vean, mientras son ésas inocentes y curiosas criaturas exploradoras. Como dije antes, cada cosa a su tiempo.

Además creo que a veces coartamos su normal aprendizaje y crecimiento, pues les evitamos que descubran las cosas por sí mismos, que es la base y pilar de su madurez intelectual. Es habitual, por ejemplo, oír en el parque exclamaciones como: «¡no te subas ahí que te vas a caer!, ¡no vayas por ahí que te harás daño!, ¡no corras, que te caerás!, ¡deja éso que te harás daño!, etc, etc. Les llenamos sus días con prohibiciones y advertencias, supuestamente por el peligro innato de sus acciones. Al hacerlo, no dejamos que aprendan de dónde surgen las consecuencias de sus acciones. Ellos sólo oyen prohibiciones, negaciones, pero no entienden de qué, ni por qué.

Creo que también hay que dejar que aprendan cuáles son ésos peligros por descubrirlos de su propia experiencia, en su propia piel. Así no sólo oirán una prohibición o advertencia, sino que recordarán cuál puede ser el resultado o consecuencia de ésa acción que querían hacer, por haberla «padecido» en algún momento pasado. Yo, por ejemplo, en el parque o ante situaciones que creo que pueden representar algún peligro, les dejo que lo hagan, bajo mi atenta supervisión, para que sepan lo que pude ocurrir, como por ejemplo caerse, para entonces ir a hablar con ellas y decirles: «¿Has visto? ten cuidado si te subes por ahí al columpio por que te puedes volver a caer igual que ahora y hacerte daño.» «Cariño, ten cuidado la próxima vez que quieras correr por ésas piedras porque te volverás a caer y te puede doler mucho», etc, etc.

De ésa manera, pienso que no oirán sólo advertencias y órdenes, sino que sabrán que haciendo algunas cosas se pueden hacer daño porque son peligrosas. Y lo habrán aprendido por ellas mismas, no por nuestras continuas reprimendas. No estoy diciendo tampoco que hay que dejar que se quemen para que sepan lo que es el fuego. Pero algunas cosas podemos dejar que las experimenten y aprendan «en directo», bajo nuestro control, para que saquen sus propias lecciones de situaciones reales, no sólo por palabras o dictados de sus tutores. Por éso los niños aprenden con tanta facilidad, porque tienen intacta su capacidad de asombro y curiosidad, y desde su inocente mirada todo es susceptible de aportarles nuevas enseñanzas. Nosotros, al contrario, hemos cerrado las puertas de nuestra inocencia, y ahogamos las voces de nuestro interior, por lo que no asimilamos ni aprendemos, ni crecemos. ¿Por qué queremos robarles o privarles de ésos años de inocente existencia?

Cada cosa a su tiempo. Por éso no puedo compartir el criterio de aquellos que veían en la inocencia de mi hija un peligro. Por lo menos, por el momento. Yo ahora veo un folio en blanco en el cual ellas están escribiendo lo que serán en el futuro, forjado por las experiencias, vivencias y enseñanzas que hayan ido adquiriendo en las diferentes etapas de su vida. 

Vosotros, ¿qué pensáis? ¿creéis que es peligrosa la inocencia de nuestros hijos?

Víctimas de la depresión

Posted by on sábado, 13 marzo, 2010

Es curiosa la manera en que la mente juega con nuestros recuerdos y nos trae imágenes de episodios pasados en los momentos más inesperados. En mi caso suele ocurrir en mis habituales y largas noches de insomnio, donde, acurrucado en mi cama, inmóvil y en silencio, mi mente divaga saltando de un tema a otro.

Hoy quiero contaros uno de ésos recuerdos, que anoche monopolizaron  las imágenes que mi mente insistía en que considerara, por muy doloroso que me resultara. Se trata de un episodio acontecido durante una etapa de mi vida en la que estaba sumido en profundas depresiones. Mi infancia y adolescencia estuvieron marcadas por profundos problemas y situaciones que me afectaban en gran manera, y de los que quizá también arrastro aún alguna herida o secuela. Esto ocasionaba que me encerrara en mí mismo, incapaz de asumir o entender aquello que me ocurría, o pasaba a mí y a mi familia.

En aquél entonces pasé algún tiempo en casa de mis abuelos. Como consecuencia de aquellas depresiones, pasaba días enteros encerrado en una habitación. No comía, no hablaba. Pasaba las horas, días y noches mirando un pequeño televisor en blanco y negro. No consigo recordar dónde estaban mi madre y hermanos en muchos de aquellos días. Sin embargo, mi mente sí revive hoy muchos de los pensamientos y sentimientos por los que atravesaba. Era una lucha mental interminable.

Y en un0 de aquellos días, ocurrió algo que me impactó: Apareció mi abuelo en la habitación, y se sentó a los pies de la cama, en silencio. De repente, se lleva las manos a la cara y comienza a llorar incontroladamente. Allí estaba llorando mi abuelo, aquél hombre corpulento y enorme, que había trabajado tanto bajo tierra, haciendo galerías subterráneas para explotar los recursos acuíferos, que había trabajado subiendo cientos de veces al pico del Teide, para extraer azufre que vender luego a los barcos que fondeaban en el Puerto de la Cruz. Allí estaba la persona que yo más admiraba de éste mundo, llorando desconsoladamente, mientras me suplicaba que me levantara y comiera algo, que no soportaba verme más así.

Aquello me produjo una gran conmoción emocional. Corrí a la cocina, a comer algo, mientras observaba con  asombro a mi abuelo, sentado a mi lado, cabizbajo e incapaz de mirarme. Se le veía hundido y afectado. Era la primera vez que le veía llorar. Jamás lo volví a ver así, ni siquiera al morir mi abuela.

Después de pensar toda la noche en éste suceso que mi mente se ha empeñado en revivir, he sacado una conclusión. Creo que el mensaje es que la depresión no afecta solamente al que la sufre en primera persona. También se debe considerar víctimas de ella a todas aquellas personas, ya sean familiares o amigos, que están cerca de quien la padece. Aunque, como en el caso de mi abuelo, quieran respetar tus silencios o ausencias, tu espacio, esto les termina afectando emocionalmente. Llevarán su pena, su angustia, en silencio. Pero sufren, y mucho, sin saber quizá cuál sería la mejor manera de brindar su ayuda.

Por eso, el que sufre la depresión debe redoblar sus esfuerzos en intentar vencerla, pues no sólo su vida, su día a día, está en juego, sino también la de todo su entorno. Las personas que les rodean llevan también su propia lucha emocional, afectados por ver al ser amado en tales circunstancias. Son víctimas de tu propia depresión, no por no entenderte, ni menosprecian tu mal, pero no saben cómo hacer que «remontes el vuelo», y eso mismo les produce ansiedad y desesperación. Si sufres depresión, alza la vista, mira a tu lado, que seguro que alguien más acompaña tu dolor en silencio. No permitas que se rompan, como lo provoqué yo en mi abuelo. Sal de la oscuridad y verás que muchos estarán deseando acompañarte a dondequiera que requiera tu recuperación, que tendrás ayuda, apoyo y comprensión. Sólo es cuestión de no pensar que en esto estás solo. Recuerda, tú sufres, pero otros contigo también.

Abuelo, ¡¡ Perdóname!!  He intentado ser mejor a partir de aquello. No siempre lo consigo, pero te tengo siempre presente. Ojala dondequiera que te hayas ido, tu alma, tu espíritu, haya obtenido la paz y el descanso que te merecías. Tus lecciones de vida siguen vigentes aún para mí. ¡Te quiero, abuelo!.

Diálogo interior

Posted by on sábado, 6 marzo, 2010

–         Eres demasiado rígida. Relájate un poco y disfruta del momento.

–         Si todos fueran como tú no sé qué sería de nosotros.

–         ¿Por qué?

–         Porque todo acto acarrea consecuencias, y hay que intentar anticiparse a ellas para evitar que nos afecte.

–         Sí, pero también puede que evites hacer cosas por miedo a ésas consecuencias y sin embargo no sean para tanto. O que te pierdas la vivencia en sí.

–         Si causa dolor, prefiero evitarla.

–         Pero no lo sabrás si pones en cuarentena todo lo que sucede ante ti.

–         Si te expones, puedes salir perjudicado.

–         O beneficiado.

–         ¿Qué quieres decir?

–         Que a veces hay que dejar que ocurran las cosas, experimentar, probar.

–         Eso es de insensatos.

–         No lo creo. Sólo así podremos descubrir nuevas sensaciones o experiencias. Algunas puede que resuelven ser dolorosas o poco gratas. Pero, ¿crees que merece la pena perderse las buenas, o placenteras, por miedo?

–         No es miedo, es precaución. No todo lo que viene a nosotros es bueno.

–         Y no todo es malo.

–         ¿Prefieres curar que prevenir?

–         ¡Prefiero VIVIR! , y puede que a veces padezca dolor, pero sólo así me aseguro que también tendré momentos gloriosos, tanto de emociones como de sentimientos.

–         Eres un soñador. Yo soy realista.

–         Tolstoi dijo una vez: “La razón no me ha enseñado nada. Todo lo que yo sé me ha sido dado por el corazón”.

–         ¿Y qué quieres decir con eso?

–         Que a veces deberíamos dejar de cuestionarnos tanto las cosas, y sólo así obtendremos grandes enseñanzas. Tanto para bien como para mal, si ponemos una barrera ante nosotros ni aprenderemos de unas ni de otras. Cada cosa, cada vivencia, puede darnos una enseñanza vital. Aparte de la experiencia vivida en sí misma. Crecemos cuando aceptamos el negro y el blanco en nuestras vidas, y toda la restante gama de colores que nos ofrece la paleta de la vida.

–         Ahora te pareces a mí.

–         ¿Por qué?

–         Porque estás razonando.

–         Pero sin poner obstáculos que frenen mi avance. Sigo caminando mientras experimento, aprendo, intento, pruebo, etc.

–         Por cierto, ¿cómo me dijiste que te llamas?

–         Yo me llamo CORAZÓN. ¿Y tú?

–         Yo me llamo MENTE.

–         Deberíamos de dejar de estar siempre enfrentándonos, y ser socios, compañeros de viaje.

–         Difícilmente podré dejar de pensar, de razonar. No puedo dejar que actúes por ti mismo. Eres peligroso.

–         Eso se llama miedo, ya te lo he dicho. Por el contrario si caminamos juntos, podremos vivir emociones, experiencias, pasiones, etc, mientras aprendemos de ellas y sacamos conclusiones para el futuro. Se trata de no poner límites a nuestra existencia emocional.

–         Pero, ¿y si hay dolor?

–         Lloramos, aprendemos, y seguimos caminando. Igualmente, también habrán momentos felices que disfrutaremos con toda la intensidad que podamos, y seguiremos caminando. Todo será un suma y sigue. Pero creceremos en sabiduría y emoción si vamos juntos, lo vivimos juntos, y lo aprendemos juntos. ¿Qué te parece?

–         No sé. No te prometo nada. Pero lo intentaré.

Volar con alerta meteorológica

Posted by on domingo, 21 febrero, 2010

 

A continuación quisiera compartir con vosotros la crónica del vuelo que realicé el pasado Jueves, con dirección a Tenerife (Islas Canarias), y donde había alerta meteorológica por lluvias intensas y fuertes vientos.

Como siempre en éstos casos  yo pensaba que, a veces,  la alerta era más bien una cuestión de prevención, que  una amenaza real que implicara un cierto riesgo real. Así que sin miedo, ni preocupación, me encuentro acomodado (bueno, es un decir, pues más bien estaba «estrechado») en el asiento de un avión que había partido de Madrid con dirección a mi querida tierra natal.

Observando a través de la ventanilla el extenso mar de nubes que se perdía en el horizonte, mi mente divagaba. Pensaba, recordaba. Pero estaba tranquilo. Quizá el contemplar aquél cielo azul, aquellas formaciones nubosas, hacía que mi corazón estuviera en calma y mi mente experimentara cierto trance. Pensé en José, el Comandante de Mery, y en lo afortunado que era pudiendo sentir ésas emociones a diario. ¿O quizá fuera ya para él algo rutinario, carente de emoción o sentimiento?. Tenía cierta curiosidad.

De repente, unas continuas sacudidas del avión hacen que vuelva a «la realidad». Se enciende la señal luminosa de abrocharse el cinturón, y la voz de una de las azafatas anuncia que estamos pasando por una zona de turbulencias. Nada raro, pienso. Muchas veces me había sucedido en vuelos anteriores. Sin embargo, éste parecía que estaba durando más de lo habitual. Habían momentos de calma, pero eran continuos los violentos movimientos y oscilaciones del aparato. Subía, bajaba, se oían extraños sonidos. Ahora sí que empezaba a inquietarme. Y al mirar a los demás pasajeros, observé que la preocupación era general. ¡¡ ÉSTO ESTABA DURANDO DEMASIADO !!.

Después de un tiempo que se nos hizo eterno, y que no sabría decir cuánto fue, se oye la voz del piloto a través de la megafonía:

» Señores pasajeros, les habla el Comandante (——-). Como pueden comprobar estamos pasando por continuas zonas de fuertes turbulencias debido a las adversas condiciones meteorológicas. Ésto está provocando que la duración del vuelo sea más larga de lo habitual debido también al fuerte viento frontal que estamos padeciendo en ésta ruta. Ya estamos en espacio aéreo canario, y como saben hay situación de alerta meteorológica. La situación en el Aeropuerto de Tenerife Norte es de lluvia intensa y fuerte viento, y 13 ºC de temperatura. En unos 30 minutos tomaremos tierra, pero los últimos 10 minutos serán de fuertes turbulencias.»

¡Hala! ¡Yá lo había soltado!  ¡¡Mecagoentooloquesemenea!!  ¡Si vamos a morir, ¿para qué nos avisas?! Ahora sí que observo las caras y gestos tensos del resto de pasajeros. Nos mirábamos unos a otros con preocupación, y comentando que tendría que ser peor que lo que ya habíamos pasado para que nos avisaran así. La espera se hacía angustiosa. Pronto tendrían que comenzar nuevas sacudidas y bamboleos. A todos se nos aceleraba el pulso, el ritmo cardíaco. Según pasaban los minutos, aumentaba el nerviosismo. Saber lo que vá a pasar de antemano no me estaba gustando. Ni a mí, ni a nadie. Me esperaba lo peor  en cualquier momento.

¡Y empezó todo!. Si durante el vuelo, habían sido desagradables éstas turbulencias, ahora no encontraba palabras para definirlo. Subíamos y bajábamos, oscilábamos a derecha e izquierda. El estómago parecía que seguía otro rumbo distinto a nuestro cuerpo. A veces se te cortaba la respiración cuado había un cambio brusco en la altitud del aparato, hasta que te recuperabas del susto.

A mi alrededor se sucedían los comentarios del tipo: «¡Ay, Dios mío!» «¡A mí me vá a dar algo!» «¡Que pare ya!» «¡Ay,Señor!» «¿Pero cuánto falta?» «¡Joder!» «¡Ay, mi madre!». Y todo ello acompañado de suspiros, o más bien, resoplidos, de angustia, de nerviosismo, de impaciencia. «¡Bufff!». Nos mirábamos. Las manos sudaban. Las piernas no paraban quietas. Miradas furtivas al reloj, a la ventanilla.

«Comandante a tripulación: Preparados para aterrizaje inmediato»

¡¡ ¿Pero dónde, pedazo de ——–? !! Mirábamos todos asustados a través de la ventanilla y ¡no veíamos nada!. Parece que estábamos entre las nubes, o entre la niebla, o lo que sea. ¡Pero allí no se veía nada!. ¡¿Dónde quiere aterrizar éste?!. Y casi que nadie respiraba, esperando el momento del impacto de las ruedas con el asfalto de la pista de aterrizaje, o contra el mar, o contra un edificio, o contra fuera lo que fuera que tuviéramos debajo.

¡Y se produjo el milagro! En un segundo se disiparon las nubes, y vimos la pista de aterrizaje a escasos metros. El avión se balanceaba peligrosamente. Yo miraba las alas, a través de mi ventanilla, y me preocupaba su vaivén a la hora del aterrizaje ¿no tocarán el suelo?. Un segundo más, y…… ¡contacto! ¡aterrizaje!…miedo….miedo….todo se mueve, nos vamos para un lado…..las alas ……gritos…….¡ por Dios !  ¡que pare ya!…frenando…frenando….. bufff… ¡NOS PARAMOS! ¡Síííííí!!!!!!.

Un largo y mantenido aplauso de la totalidad de los pasajeros acompañó la rodadura del avión hacia la terminal del Aeropuerto. El aparato se movía balanceado por los vientos que golpeaban la isla, pero ya no nos importaba. ¡Estábamos en tierra!.

» Bienvenidos al Aeropuerto Tenerife Norte. El comandante ——— y la tripulación desean que el vuelo haya sido de su agrado, y esperamos verlos de nuevo a bordo. No olviden recoger todo su equipaje de mano y objetos personales. Gracias por elegir nuestra compañía  y feliz estancia en Tenerife.»

¿Pero por qué se empeñan en seguir el «procedimiento» o «protocolo» habitual»? Decir dicho mensaje rutinario de despedida no me parece normal ni correcto ahora. No se ajusta a la realidad, ni al momento presente que hemos vivido. Hay que improvisar un poco y adaptarse a las circunstancias. Me pareció un mensaje fuera de lugar e inapropiado. O no decir nada, o poner algo de humor hubiera sido lo mejor. Yo hubiera dicho:

«Bienvenidos a Tenerife. Gracias a Dios, aquí estamos. Les deseamos que en su próximo vuelo las condiciones sean mejores. Si nos eligen para volver a volar, se lo agradeceremos. Si no vuelven a volar, lo entenderemos. Esperamos que sanen pronto sus taquicardias y vuelvan a sonreír lo antes posible. Ojalá sus estómagos no salgan afectados en exceso de éste vuelo, ni sus esfínteres lo padezcan. Si fuera necesario, las azafatas estarán encantadas de proporcionarles toallitas húmedas, para una mejor higiene, y también les podrán suministrar algún ansiolítico para la ansiedad ocasionada. No olviden recoger su equipaje de mano, así como las bolsas de vómito usadas, lo cual le agradeceremos. Que pasen una feliz estancia en Tenerife y gracias por elegirnos para volar, a pesar de las circunstancias.»

Jajaja, es una broma, pero al menos sí hubiera sido más acertado adecuar el mensaje final de la tripulación, obviando el habitual por alguno más sensato. Al menos es mi opinión, y la de otros pasajeros que se echaron a reír cuando lo oímos. Está claro que el comandante ni la tripulación tienen culpa de lo sucedido, pero era evidente también que el vuelo había sido de todo menos agradable. Y es que a veces se sigue la rutina sin pararse a pensar si en un momento dado no fuera lógico, y fuera más apropiado hacerlo de otra manera.

Tan sólo decir que el aplauso final  al piloto y su tripulación, fué totalmente merecido pues, al fin y al cabo, llegamos a tierra bien, y realizando un aterrizaje perfecto a pesar de las circunstancias. Por mi parte me reservaré la opción de elegir mejor si en otra ocasión vuelvo a volar con alerta meteorológica, o bien me quedo en casa.

Nota del autor: Basado en hechos reales.