
Me dirijo a la montaña. Necesito ir al verde monte. Somos criaturas llenas de confusión, miedo e incertidumbre, y cuando éstos sentimientos contaminan mi mente y nublan mis ideas, busco el consuelo y la paz que hallo en ella. Me es imposible negarme a ésta llamada, a ésta atracción que ejerce sobre mí.
Al fin encuentro un lugar agradable para relajarme. Inspiro profundamente. Relajo mi pulso. Desecho toda idea, todo pensamiento de mi mente. Sólo siento. Me limito a disfrutar, a sentir la energía que habita en éste lugar y que ahora recorre mi cuerpo, y las rocas, plantas y árboles, y todas las cosas que me rodean, pues fluye en el aire.
Veo imágenes de consuelo, mensajes de extraños significados entre las ramas y hojas secas, entre el musgo que abraza la corteza del árbol. Me proporciona serenidad. El monte brinda consuelo, en tierno abrazo de protección, bajo una densa sombra cobijadora y fresca, seamos merecedores de ello o no. Nos proporciona oxígeno purificador. Respira vida, canta vida, dá vida. Estamos tan preocupados por nuestras propias aflicciones que no oímos, ni prestamos atención, a las miles de voces y sonidos con mensajes que nos transmite.
Es el Espíritu del Monte. Conecta directamente con mi propio espíritu. El mensaje se transmite claramente. Percibo la armonía, el orden. Ahora lo sé: la Paz existe. Paz que aturde. Paz que buscamos, pero que asombra cuando la comprobamos en toda su grandeza, en todo su esplendor, en su propio territorio. ¡Qué diminutos nos sentimos en comparación con su inmensidad majestuosa!.
No quiero perturbarla.Quiero unirme, formar parte de ella. Yo en ella. Ella en mí. Formar un Todo. Una misma Unidad.
Ésta sensación de paz tan inmensa desborda mi ser. Me siento desnudo, pero libre, por una luz que brilla en mi interior y que, a la vez, me envuelve en el exterior. Es una luz mágica y misteriosa. Bebo de sus fuentes. En ella calmo mi alma y disipo mis temores. Aquí duerme la belleza e inocencia. Ésta extrema belleza me traspasa el corazón. Aquí siento la verdadera esencia de mi propia naturaleza, mis orígenes, mis raíces. Y, tál vez, mi destino.
Las respuestas llegan cuando nos dejamos llevar por la tranquilidad de nuestro interior. Y la que me dan las montañas y el monte que me rodea, y que penetra en mí a través de su serena atmósfera. Siento el amor que me dá y, en ésa paz, desaparece la desesperación. Mi corazón espera florecer igualmente y aportar la misma paz y alegría que aquí encuentro. Para ello ya cuento con la semilla del amor que ha germinado dentro de mí.
Me siento agradecido y complacido, tumbado sobre su espeso manto de vegetación. En su vida sólo somos como una brisa pasajera. Pero yo siento que aquí respiro de manera distinta. La tranquilidad de mi corazón aumenta. La fuerza de mi corazón aumenta. A medio camino entre la consciencia y la inconsciencia observo todo a mi alrededor. ¿Dónde encontrar éstos colores? ¿Qué paleta puede contenerlos? ¿Qué artista puede crear tanta belleza?.
Son momentos que hechizan y cautivan. Me siento a gusto. No quiero abandonar éste lugar. Al marchar volveré a la realidad, al presente amargo y cruel. Pero siempre puedo volver. Estará siempre aquí con los brazos abiertos. Brazos acojedores que dan calor, fuerza. Tengo la seguridad de que siempre hallaré cobijo, consuelo, protección.
Al irme, quiero despedirme, quiero dar gracias. Así que, hablando en voz baja, como si estuviera en un lugar sagrado, y, mirando a las montañas y el bosque que me rodea, exclamo a viva voz y pronuncio éstas palabras a modo de oración :
” Si no existieras, nunca me hubiera encontrado a mí mismo. Si no existieras, nunca habría sabido la fuerza y el amor que habita dentro de mí, en el corazón. Te doy las gracias Madre Naturaleza, por proveerme de la fuente de la que he de beber para calmar mi sed espiritual, el alimento para mi alma, y donde único puedo encontrar la energía que me hace falta. Tú todo lo provees. Gracias Madre Tierra. ¡Gracias Madre Naturaleza!”