
Hace pocos días conocíamos la noticia de la detención de una mujer, en Tarragona, por haber dejado a un anciano encerrado en un vehículo. Se le ha imputado un delito de trato degradante y vejatorio, pues el anciano, de 83 años, apareció medio desnudo, atado y deshidratado. Al parecer, ya en alguna ocasión anterior habían acudido los Mossos d’Esquadra al domicilio familiar, alertados por los vecinos sobre supuestos malos tratos, pero no encontraron evidencias de delito.
Nuestra primera reacción siempre es el rechazo y condena que sentimos hacia éste tipo de acciones y actitudes hacia nuestros ancianos, así como incomprensión y perplejidad. Sin embargo, yo saco “otra lectura”. Cada problema tiene dos caras.
En éste caso, quisiera que pensemos, o reflexionemos, en las personas que se encargan del cuidado de las personas mayores, en especial de aquellas en las que la demencia o enfermedades como el Alzheimer, les deja con sus habilidades y facultades mentales mermadas. Enfermedades degenerativas como ésta, imposibilitan y dificultan sus actividades habituales e incluso problemas para hablar y expresarse con claridad. Entre los síntomas más frecuentes está también la pérdida de memoria y los frecuentes cambios de humor o personalidad, u otros síntomas como depresión o ansiedad.
Entonces, sin justificar, apoyar, ni compartir las formas, ni modos, de la noticia comentada al inicio, ¿podemos imaginar la vida de los que tienen que aceptar dentro de la familia la responsabilidad del cuidado de éstos ancianos, totalmente dependientes de alguien que les ayude en todas las actividades diarias? No es nada fácil de llevar, el cuidado de una persona mayor, donde no existen ni horarios, ni, en la mayoría de los casos, ayudas.
Además, éstos cuidados terminan afectando a la persona que los realiza de múltiples maneras, como favorecer cuadros depresivos, insomnio, agresividad, cambios de humor, suponer un gran gasto económico, tener problemas con su pareja, con otros hermanos o disminuir su rendimiento laboral.
Por éso creo que es una labor poco entendida ni valorada. Además las ayudas, tanto familiares como estatales son casi siempre escasas. ¿Por qué no existen más “Centros de Día”, donde poder llevarlos para que éstos cuidadores puedan descansar o dedicarse a otras tareas? ¿Por qué no están subvencionados, o pertenecen al Estado, para que su uso no esté sólo limitado a aquellas personas que pueden “permitírselo”? ¿Por qué la escasez y encarecimiento abusivo de las Residencias o geriátricos, que hacen que no puedan ser asequibles a todas las economías? ¿Cree el Estado que es un artículo o asunto de lujo? ¿Por qué las ayudas a las personas dependientes son del todo insuficientes e ineficaces?
Ya véis que hay muchos interrogantes, en los cuales se hace evidente que hay mucho camino por recorrer para conciliar el derecho a vivir con dignidad, y a que nuestros mayores tengan los cuidados y atenciones que merecen. Quisiera compartir con vosotros una anécdota que me ocurrió cuando aún vivía en Tenerife. Un día veo a un anciano dando vueltas por el jardín de la Universidad. Se paraba, miraba alrededor, y reemprendía su camino. Parecía indeciso, y sin tener un rumbo claro, pues lo veía ir de un sitio a otro, a veces volviendo sobre lo ya andado. Así que al final me decido a ir a preguntarle:
- ¿Necesita ayuda?
- No sé
- ¿Buscaba algún sitio?
- Sí, mi casa
- ¿¿??
Entonces le miro a los ojos, y lo entiendo todo. En su mirada había terror, ansiedad, desconcierto, y una gran súplica: ¡ayúdame!. Así que llamé a la Policía, mientras intentaba calmarle diciéndole que estuviera tranquilo, que no habría problema. Cuando acudió al lugar la Policía, intentaban que él les diera alguna indicación de su dirección, pero él no fué capaz de dar ni su nombre. Finalmente, revisando su documentación encontraron una dirección y un teléfono, al que llamaron y pudieron hablar con su hija, que quedó en venir en su busca.
Cuando acudió su hija al lugar, estuvimos hablando un rato con ella, y nos contó que su padre sufría de Alzheimer. Parece que no estaba en una etapa muy avanzada, por lo que salía a pasear sin problemas por el barrio, pero que a veces le daban ésos episodios de pérdidas de memoria y no conseguía volver. Nos contó, entre lágrimas, que a veces no sabía encontrar el término medio entre cuidarle, y dejar que realizara su vida con dignidad, pues podía comportarse como una persona adulta, o como un simple e indefenso niño. Y lo que más me sobrecogió, fué verlo a él en ése momento llorando en silencio, mientras oía el relato de su hija.
Cada problema tiene dos caras: la dignidad y el trato y respeto debidos de las personas mayores, y, por otro lado, el día a día y sacrificada ayuda de sus abnegados cuidadores.