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Víctimas de la depresión

Posted by on sábado, 13 marzo, 2010

Es curiosa la manera en que la mente juega con nuestros recuerdos y nos trae imágenes de episodios pasados en los momentos más inesperados. En mi caso suele ocurrir en mis habituales y largas noches de insomnio, donde, acurrucado en mi cama, inmóvil y en silencio, mi mente divaga saltando de un tema a otro.

Hoy quiero contaros uno de ésos recuerdos, que anoche monopolizaron  las imágenes que mi mente insistía en que considerara, por muy doloroso que me resultara. Se trata de un episodio acontecido durante una etapa de mi vida en la que estaba sumido en profundas depresiones. Mi infancia y adolescencia estuvieron marcadas por profundos problemas y situaciones que me afectaban en gran manera, y de los que quizá también arrastro aún alguna herida o secuela. Esto ocasionaba que me encerrara en mí mismo, incapaz de asumir o entender aquello que me ocurría, o pasaba a mí y a mi familia.

En aquél entonces pasé algún tiempo en casa de mis abuelos. Como consecuencia de aquellas depresiones, pasaba días enteros encerrado en una habitación. No comía, no hablaba. Pasaba las horas, días y noches mirando un pequeño televisor en blanco y negro. No consigo recordar dónde estaban mi madre y hermanos en muchos de aquellos días. Sin embargo, mi mente sí revive hoy muchos de los pensamientos y sentimientos por los que atravesaba. Era una lucha mental interminable.

Y en un0 de aquellos días, ocurrió algo que me impactó: Apareció mi abuelo en la habitación, y se sentó a los pies de la cama, en silencio. De repente, se lleva las manos a la cara y comienza a llorar incontroladamente. Allí estaba llorando mi abuelo, aquél hombre corpulento y enorme, que había trabajado tanto bajo tierra, haciendo galerías subterráneas para explotar los recursos acuíferos, que había trabajado subiendo cientos de veces al pico del Teide, para extraer azufre que vender luego a los barcos que fondeaban en el Puerto de la Cruz. Allí estaba la persona que yo más admiraba de éste mundo, llorando desconsoladamente, mientras me suplicaba que me levantara y comiera algo, que no soportaba verme más así.

Aquello me produjo una gran conmoción emocional. Corrí a la cocina, a comer algo, mientras observaba con  asombro a mi abuelo, sentado a mi lado, cabizbajo e incapaz de mirarme. Se le veía hundido y afectado. Era la primera vez que le veía llorar. Jamás lo volví a ver así, ni siquiera al morir mi abuela.

Después de pensar toda la noche en éste suceso que mi mente se ha empeñado en revivir, he sacado una conclusión. Creo que el mensaje es que la depresión no afecta solamente al que la sufre en primera persona. También se debe considerar víctimas de ella a todas aquellas personas, ya sean familiares o amigos, que están cerca de quien la padece. Aunque, como en el caso de mi abuelo, quieran respetar tus silencios o ausencias, tu espacio, esto les termina afectando emocionalmente. Llevarán su pena, su angustia, en silencio. Pero sufren, y mucho, sin saber quizá cuál sería la mejor manera de brindar su ayuda.

Por eso, el que sufre la depresión debe redoblar sus esfuerzos en intentar vencerla, pues no sólo su vida, su día a día, está en juego, sino también la de todo su entorno. Las personas que les rodean llevan también su propia lucha emocional, afectados por ver al ser amado en tales circunstancias. Son víctimas de tu propia depresión, no por no entenderte, ni menosprecian tu mal, pero no saben cómo hacer que «remontes el vuelo», y eso mismo les produce ansiedad y desesperación. Si sufres depresión, alza la vista, mira a tu lado, que seguro que alguien más acompaña tu dolor en silencio. No permitas que se rompan, como lo provoqué yo en mi abuelo. Sal de la oscuridad y verás que muchos estarán deseando acompañarte a dondequiera que requiera tu recuperación, que tendrás ayuda, apoyo y comprensión. Sólo es cuestión de no pensar que en esto estás solo. Recuerda, tú sufres, pero otros contigo también.

Abuelo, ¡¡ Perdóname!!  He intentado ser mejor a partir de aquello. No siempre lo consigo, pero te tengo siempre presente. Ojala dondequiera que te hayas ido, tu alma, tu espíritu, haya obtenido la paz y el descanso que te merecías. Tus lecciones de vida siguen vigentes aún para mí. ¡Te quiero, abuelo!.

Diálogo interior

Posted by on sábado, 6 marzo, 2010

–         Eres demasiado rígida. Relájate un poco y disfruta del momento.

–         Si todos fueran como tú no sé qué sería de nosotros.

–         ¿Por qué?

–         Porque todo acto acarrea consecuencias, y hay que intentar anticiparse a ellas para evitar que nos afecte.

–         Sí, pero también puede que evites hacer cosas por miedo a ésas consecuencias y sin embargo no sean para tanto. O que te pierdas la vivencia en sí.

–         Si causa dolor, prefiero evitarla.

–         Pero no lo sabrás si pones en cuarentena todo lo que sucede ante ti.

–         Si te expones, puedes salir perjudicado.

–         O beneficiado.

–         ¿Qué quieres decir?

–         Que a veces hay que dejar que ocurran las cosas, experimentar, probar.

–         Eso es de insensatos.

–         No lo creo. Sólo así podremos descubrir nuevas sensaciones o experiencias. Algunas puede que resuelven ser dolorosas o poco gratas. Pero, ¿crees que merece la pena perderse las buenas, o placenteras, por miedo?

–         No es miedo, es precaución. No todo lo que viene a nosotros es bueno.

–         Y no todo es malo.

–         ¿Prefieres curar que prevenir?

–         ¡Prefiero VIVIR! , y puede que a veces padezca dolor, pero sólo así me aseguro que también tendré momentos gloriosos, tanto de emociones como de sentimientos.

–         Eres un soñador. Yo soy realista.

–         Tolstoi dijo una vez: “La razón no me ha enseñado nada. Todo lo que yo sé me ha sido dado por el corazón”.

–         ¿Y qué quieres decir con eso?

–         Que a veces deberíamos dejar de cuestionarnos tanto las cosas, y sólo así obtendremos grandes enseñanzas. Tanto para bien como para mal, si ponemos una barrera ante nosotros ni aprenderemos de unas ni de otras. Cada cosa, cada vivencia, puede darnos una enseñanza vital. Aparte de la experiencia vivida en sí misma. Crecemos cuando aceptamos el negro y el blanco en nuestras vidas, y toda la restante gama de colores que nos ofrece la paleta de la vida.

–         Ahora te pareces a mí.

–         ¿Por qué?

–         Porque estás razonando.

–         Pero sin poner obstáculos que frenen mi avance. Sigo caminando mientras experimento, aprendo, intento, pruebo, etc.

–         Por cierto, ¿cómo me dijiste que te llamas?

–         Yo me llamo CORAZÓN. ¿Y tú?

–         Yo me llamo MENTE.

–         Deberíamos de dejar de estar siempre enfrentándonos, y ser socios, compañeros de viaje.

–         Difícilmente podré dejar de pensar, de razonar. No puedo dejar que actúes por ti mismo. Eres peligroso.

–         Eso se llama miedo, ya te lo he dicho. Por el contrario si caminamos juntos, podremos vivir emociones, experiencias, pasiones, etc, mientras aprendemos de ellas y sacamos conclusiones para el futuro. Se trata de no poner límites a nuestra existencia emocional.

–         Pero, ¿y si hay dolor?

–         Lloramos, aprendemos, y seguimos caminando. Igualmente, también habrán momentos felices que disfrutaremos con toda la intensidad que podamos, y seguiremos caminando. Todo será un suma y sigue. Pero creceremos en sabiduría y emoción si vamos juntos, lo vivimos juntos, y lo aprendemos juntos. ¿Qué te parece?

–         No sé. No te prometo nada. Pero lo intentaré.